martes, 18 de mayo de 2010

Sus manos.

Sus manos son delicadas pero fuertes. Perfectas. Precisas. Se deslizan y se mecen con un ritmo que sólo ellas conocen. Yo me estremezco, no puedo respirar. Me elevo por encima de las cabezas de los demás mortales, sueño.

Sus manos guiándome por paisajes infinitos. Vértigo al compás. Pierdo el sentido.

Ellas siguen, incansables. Siempre saben a dónde tiene que ir. Siempre al momento, ni un segundo antes ni uno después. Modulan la intensidad… y yo ya no sé ni cómo se hacía para pensar.

Sus manos abrazan y acogen, al tiempo mandan. No es autoritario, pero se hace obedecer a base de cariño.

Lo observo.


No hay nadie que toque como él... el contrabajo. 

lunes, 29 de marzo de 2010

El pánico a la hoja en blanco sólo se cura escribiendo la primera palabra

Tras meses y meses de pánico a la página en blanco… por algún sitio hay que empezar (y el insomnio es buen amigo para estas cosas)

Soledad

Soledad es mi mejor amiga y mi peor enemiga. Le gusta vestir de verde o morado, pasear los días en que hace frío pero el cielo está muy azul, quedarse remoloneando entre las sábanas los domingo por la mañana y dormir la siesta.
Ella es mi hermana gemela: nacimos juntas y nunca va existir posibilidad de separación, nos une un lazo invisible e irrompible, un cable que transvasa de una a otra energía, sentimientos y pensamientos.
Como les pasa a todos los hermanos, nuestra relación es bastante compleja, se basa en un péndulo que ondula lentamente entre el amor y el odio o la necesidad y el rechazo según la situación lo requiera.
A ratos, Soledad es buena compañera de vida, pero como suele suceder, sus mejores virtudes son también sus peores defectos: cocina muy bien, pero rara vez le apetece preparar algo rico (la mayoría de las veces se deja carcomer por la pereza y acabamos comiendo calentao de sobras, una ensaladita improvisada o algún plato precocido); muchas veces practica Jazz en casa, y lo hace extraordinariamente bien, pero sus notas al piano tienen desafortunada virtud de sacar a flor de piel mis sentimiento más profundos, así que si algo en el fondo de mí me preocupa o entristece me pongo a llorar en un santiamén. Además es inteligentísima, y ha leído casi todo lo que hay por leer, por eso charlar con ella es una de mis cosas favoritas; pero esas charlas desencadenan, a veces, reflexiones profundas y dolorosas, y por eso la odio a ratos.
Cuando estamos con otras personas, su presencia resulta un poco turbadora; unas veces me distrae de la conversación que estoy manteniendo, otras e apoya y me ayuda a conectar con los demás, pero siempre está presente y my unida a mí.
Es extraño amar y odiar al mismo tiempo y tan intensamente a alguien. Ser consciente de cuánto necesitas a esa persona, pero a la vez rechazarla de plano. Pero el caso es que Soledad y yo estamos indefectiblemente unidas. Queramos o no vamos a tener que aceparnos mutuamente.
Por eso he elegido quererla todo lo posible.